Teopantli Kalpulli: Recuperación de lo sagrado en la vida cotidiana

Teopantli Kalpulli: Recuperación de lo sagrado en la vida cotidiana

Teopantli Kalpulli: Recuperación de lo sagrado en la vida cotidiana

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Escrito por Tracy L. Barnett
Traducido por Katy D’Oporto

SAN ISIDRO MAZATEPEC, Jalisco, México – Era época de cosecha cuando visité Teopantli Kalpulli, y el maíz nativo de colores estaba en el suelo, secándose al sol. Los niños jugaban en el patio de la escuela cubierto de pasto, mientras Levi Ríos detiene su ronda de momento para observarlos.

No muchos años atrás, este joven líder de la ecoaldea aprendió a leer en esta misma escuela, y ahora es un graduado de la universidad con varios años de experiencia en la ciudad como arquitecto profesional, que ha regresado a sus raíces pastorales para ayudar a guiar a una segunda generación en su comunidad.

Pasado, presente y futuro se reúnen en Teopantli Kalpulli, una comunidad intencional estilo ecoaldea ubicada alrededor de una hora al sur de Guadalajara. Estas familias viven cerca de la tierra, pero todavía disfrutan de las comodidades modernas. Concebida a finales de los década de 1970 por un pequeño grupo que incluía a los padres de Levi, Carlos Ríos y Beatriz Cárdenas, la comunidad ha crecido hasta convertirse en la comunidad intencional más grande de su clase en México.

Teopantli Kalpulli, una frase náhuatl que, traducida libremente, significa “aldea biorregional sagrada”, fue el resultado que tuvieron sus fundadores en “la búsqueda de un estilo de vida centrado en la tierra que incorpora las tradiciones sagradas de sus antepasados. Formaban parte de una red llamada Gran Hermandad Universal, y eran practicantes de yoga, la meditación y el vegetarianismo.

“Se dieron cuenta de que las Américas tenían sus propias tradiciones que son tan sagradas como las de Oriente, por lo que decidieron construir su comunidad en esas tradiciones”, explicó Levi.

Los kalpullis prehispánicos, explicó, eran pueblos que compartían una serie de disciplinas y prácticas culturales, como la siembra tradicional de maíz, la práctica de la danza sagrada y la versión indígena mexicana del temazcal, la cabaña de sudación ceremonial. Teopantli, dijo Levi, fue uno de los primeros espacios en México, que abrió sus puertas a los dirigentes indígenas a compartir sus enseñanzas, y esas enseñanzas se incorporaron a la estructura de las ecoaldeas.

Los miembros de la comunidad tratan de cultivar la mayor cantidad de sus propios alimentos orgánicos, tanto como sea posible, y reverencian el maíz y a la Madre Tierra como lo hicieron sus ancestros.

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Teopantli es un paraíso para los niños, que tienen el dominio del lugar. Veintiún familias tienen sus hogares en estas 92 hectáreas, concentradas en 17 acres de viviendas y espacios comunes. El resto de la tierra se utiliza para el cultivo de su maíz tradicional, para los jardines orgánicos y los árboles frutales y forestales. La propiedad de la tierra es colectiva, Levi explicó, y esta concesión les permite a los miembros que construyan sus viviendas.

“Lo que estamos haciendo aquí es asegurar que la tierra pertenece a la comunidad”, explicó. Otro de los objetivos clave de la comunidad es asegurar una vida sana, en cooperativa; basada en este estilo de vida, la tierra puede ser accesible a todas las personas independientemente de su nivel de ingresos.

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La gira comenzó en el centro de la comunidad, donde una ceiba gigante, sagrada para los mayas y otros pueblos prehispánicos, extiende sus ramas frondosas sobre un círculo ceremonial.

La propia comunidad se presenta a lo largo de los cuatro puntos cardinales, con espacios sagrados en cada uno de los cuatro puntos: En el norte, una pequeña pirámide construida en el camino de sus antepasados prehispánicos; en el este, un santuario para el yoga y la meditación, en el sur, un calihuey, el templo sagrado de los antepasados huicholes, y en el oeste, un temazcal. En cada uno de estos cuatro espacios, que poseen diferentes celebraciones durante todo el año.

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“Hemos aprendido de los huicholes para vincular la siembra del maíz con un calendario de actividades durante todo el año”, dijo Levi. La planificación de actividades en diferentes partes de la comunidad es importante, explicó, ya que “mantiene la energía en movimiento” en toda la comunidad.

Una de las principales prioridades para que la comunidad entre en su siguiente fase, explicó, es ampliar la escuela para crear aulas diferentes para los distintos grupos de edad. En la actualidad los 14 niños que pertenecen a la comunidad estudian en un aula común, pero el grupo sigue creciendo, con la adición de dos familias que se unieron en el último año.

Uno de los cambios que el pueblo ha visto, es que con el tiempo, se produce un aumento en el nivel educativo, explicó Levi. Sus padres tuvieron la suerte de asistir a la universidad, dijo, pero la mayoría de los fundadores no lo hizo, y fue siempre una lucha ganar suficiente dinero para apoyar a la comunidad.

Parte de ese esfuerzo hercúleo es la participación en la reconstrucción del suelo, agotado por años de roza, tumba y quema y el pastoreo excesivo, y la reforestación de lo que se había convertido en pastizales deforestados.

“Si yo le muestro las fotografías de este lugar cuando la primera comunidad compró la tierra, no lo creería – ni un árbol o arbusto podía ser visto”, dijo. “Si te fijas, toda la tierra alrededor de la comunidad son pastos “.
Es cierto, me di cuenta – que había entrado en un exuberante oasis de bosques de madera dura y espacios con abundantes jardines.

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Hoy en día, ya que la comunidad entra en su segunda generación, Levi estaba explicando, más miembros de la comunidad han ido a la universidad y han traído a la comunidad una variedad de habilidades. Hoy en día, el 90 por ciento de los residentes son capaces de ganarse la vida de los negocios basados en la comunidad, 10 por ciento de ellos viajan a la ciudad para hacer otros trabajos.

El siguiente fue un recorrido por el prolífico jardín de permacultura. Nueve hectáreas (20 acres) se trabajan con el tractor antiguo y se plantan como una milpa tradicional – maíz, frijol y calabaza – a la manera tradicional de los antepasados.

Levi intercambia verduras de su jardín con otras familias que producen granos enteros, productos horneados, miel, leche de soya, tofu y una variedad de otros artículos.

“El trueque es algo que viene de manera natural”, dijo. “La gente tiene talleres en sus casas, y los intercambios son justos”.

En los bordes de las zonas comunes están las casas, construidas por cada uno de los mismos propietarios. Todas están construidas con materiales disponibles en el área local, algunas con adobe, otras de ladrillo. Pasamos una que ha sido abandonado y el propietario la ha puesto a la venta.

“Es simplemente que la vida no es tan fácil aquí”, explicó Levi. “Tienes que ser capaz de hacer funcionar la economía para ti, tienes que ser capaz de vivir aislado del sistema económico. Si usted puede desarrollar una actividad profesional aislado de la ciudad, usted puede hacer que funcione – pero no es para todos.”

Pocas comunidades como ésta han sobrevivido durante tanto tiempo, dijo. “Hay alrededor de cinco como ésta en México, pero ninguno de ellos con mayor número de personas de las que tenemos ahora en Kalpulli”.

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La gira comenzó en un cómodo y amplio salón comedor de la comunidad, donde Beatriz y sus dos nietos, Yuma y Maya, están disfrutando del sol en el patio. Beatriz es suiza y su esposo es mexicano, y son una de las familias en la comunidad.

Maya y Yuma están trabajando arduamente en sus dibujos, y Levi se detiene a admirar su obra – y también la de Beatriz, que, Levi me informa, ha diseñado el hermoso suéter de punto que está usando, que es de lino orgánico.

Beatriz ha hecho un negocio de venta de estos suéteres. Éste, dice, tomó alrededor de 80 horas de trabajo y se venderá por 700 pesos – un poco más de $50 dólares americanos.

Seguimos en nuestro camino, y nos reunimos Celia Rubalcava, quien tiene un negocio de leche de soya en su casa, e Isaac, que está usando un molino manual para quebrar el maíz seco. Sus hijos están jugando a sus pies, haciendo lo que parecen ser platos muy elaborados de barro.

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“Saulima, ¿qué estás haciendo? ¿Haces bolitas?” pregunta Leví, y Saulima le muestra con orgullo sus creaciones.

En la casa de al lado, me encuentro con José Luis Gutiérrez y Angelita, que operan una pequeña panadería grano entero (integral) y la fábrica de queso de soya en su casa. Me enseñaron todo y compartieron conmigo un poco de pinole de maíz – un polvo de canela, azúcar morena y maíz tostado molido, lo comen como aperitivo o mezclado con agua caliente para una deliciosa bebida.

Luego fuimos a la zona de temazcal, donde pequeñas estructuras abovedadas esperaban para la próxima ceremonia de sudación. Algunas de estas ceremonias son abiertas al público, y otras son sólo para la comunidad.

Por último Levi me lleva a su casa, una fresca casa de ladrillo y adobe con líneas sencillas y limpias, un porche con una hamaca y un hermoso altar que da a los campos.

Él compartió conmigo un poco acerca de su decisión de regresar a la comunidad después de ocho años en Guadalajara, cuatro años en el ITESO, una universidad jesuita, y cuatro años más de trabajo en arquitectura en una empresa constructora local.

“Creo que todas las personas tienen una misión en la vida – ¡o si no tienen una, deben tenerla! – Pero para mí, que crecí en una comunidad, esto me ha marcado con una especial visión comunitaria”, dijo. “Yo quería ir a la universidad, precisamente para ampliar este concepto de comunidad.”

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